El lazarillo de Tormes – El Brujo

Teatro Cofidis
C/Alcalá, 20- Madrid Tel.: 91 532 06 16

El lazarillo de Tormes – El Brujo

Rafael Alvarez, El Brujo vuelve al Teatro Cofidis para deleitarnos, conmovernos y divertirnos con el gran clásico de la picaresca de la literatura española, El lazarillo de Tormes, uno de sus espectáculos mas emblemáticos. La adaptación viene de la mano de Fernando Fernán Gómez

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Fechas y Horarios: Días 13 y 20 de octubre y 3 y 17 de noviembre de 2014.
Lunes 20:30 horas.

El lazarillo de Tormes – El Brujo

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El Lazarillo y yo hemos recibido mucho más de lo que ambos hemos dado. La compensación afectiva y emocional es muy grande y el alivio y la tranquilidad mayor. Esta criatura de ficción nació con un destino muy especial y por eso sigue aquí.

Como desde el primer día, siento un enorme privilegio al poder entregar mi voz y mi cuerpo a esta joya de la literatura. Este ente del mundo imaginario podría cambiar el mundo real porque hace del hambre y la necesidad un arte, la recicla en sabiduría. Frente al dolor tenemos dos caminos: la queja o el arte. Y con ironía, parte del estado del necio, camina por el aprendizaje y alcanza la sabiduría. El Lazarillo trata de la marginación, el hambre y la vivencia dura de la infancia. Los paralelismos entre el mundo del infante que acompaña al ciego y la situación de tantos niños del tercer mundo que mueren de inanición son obvias. La historia se repite una y otra vez.

Como casi siempre, esta situación es la consecuencia de un mundo de desequilibrios en el que los bienes están descompensados. Y nace de la falta de conciencia ante el valor de la vida.

La obra afronta un problema universal: hoy también la apetencia actual se mueve entorno a la ambición y el poder. Es como una metáfora que todo el mundo entiende, es un mundo, un pozo de vida y significados que te conducen. Nace en una época de enormes desequilibrios entre el mundo oficial de la Corte y el real, de hambre. Y antes al igual que ahora, no se puede ser feliz en un mundo desgraciado, porque las vidas maltratadas tienen que ver con la tuya. Al menos yo no puedo.

Por todo esto, porque Fernán Gómez supo capturar el alma de este pícaro, porque me apasiona recitar sus andanzas por los teatros; aquí está este maravilloso relato, primordial para mí, como lo es servir la necesidad del público a cada momento. Una necesidad que puede ser de diversión, de esclarecimiento, de relajo, de un silencio o de un grito. A saber.

Rafael Álvarez El Brujo.

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Que Lazarillo de Tormes es una de las cuatro o cinco obras mayores de la literatura española no es necesario repetirlo; sí puede ser conveniente advertir que de todas ellas, me refiero a las de los Siglos de Oro, es la de más difícil lectura; por consiguiente, la menos deteriorada por el paso del tiempo. De ahí que la tarea obligada para un adaptador, de actualizar algo el lenguaje, precisamente para que no pierda fluidez y ritmo al ser escuchado, para que conserve su claridad y su transparencia, no haya sido muy ardua, y menos aún para un pícaro como yo, cuya amistad con el pícaro salmantino data de los catorce años, cuando le encontré por primera vez en económica edición de papel prensa.

Ahora el pregonero abandona por poco tiempo plazas y calles de Toledo y se encarama al escenario para emular a tantos parientes suyos, los cómicos. Me he limitado a echarle una mano, pues él nació dotado para fingir y más le enseño la vida. Con mi escasa ayuda y la muy abundante, eficacísima, inspirada y profesional del cómico Rafael Álvarez, llamado “El Brujo”, y gobernado por la invisible batuta del director, seguro que sale bien librado de esta singular peripecia.

Al modesto adaptador le han sido de especial ayuda los comentarios de José Antonio Maravati, de Fernando Lázaro Carreter y de otros sabios, y especialmente, lo que ha podido hurtar a Francisco Rico, que le hizo fijar su atención en que lo que narra Lázaro es un “caso” y que lo narra por medio del género epistolar, moda entonces recién importada de la admirada Italia. El adaptador se ha limitado a convertir la carta en declaración –más o menos pública-, y ha resultado un monólogo. Pero no un soliloquio. Aquí el personaje no medita en soledad, no se autoanaliza ni abre el corazón aprovechando que nadie le ve ni le escucha; al contrario, declara, se confiesa – dice que se declara y se confiesa- a unos cuantos señores a los que el espectador del teatro no ve, pero que están ahí, también como espectadores, y escuchan toda esta retahíla, esta sarta de verdades, que no sabrán nunca si lo son.

Fernando Fernán Gomez.